La buena noticia del informe PISA para Cataluña es que ha mejorado sus resultados y ahora está por encima de la media de España y de la OCDE en todos los indicadores. En este sentido, escucho en los medios de comunicación la satisfacción general, auto complacencia y cierto triunfalismo de especialistas, periodistas y responsables políticos sobre estos resultados. Como mandan los cánones de la comunicación, para quedar bien, se apunta algún elemento de autocrítica que se reduce a un simple “tenemos que continuar mejorando” y poco más.

Quiero aportar mi interpretación de estos resultados siendo muy consciente que el informe PISA no es la panacea, dado que no cubre todas las competencias importantes que han de tener los estudiantes como la comunicación verbal, la creatividad, la capacidad crítica, etc. Seguramente porque son extraordinariamente difíciles de medir (y menos comparar) con una simple prueba.

En Cataluña aspiramos (o al menos eso decimos) a tener una educación de primer nivel, comparable a los mejores. Podríamos decir que queremos una Educación al mimo nivel del FC Barcelona, que desde hace una década está entre los mejores equipos de fútbol del mundo.

Cogiendo esta analogía “fútbol – educación”, mi lectura de los resultados PISA es la siguiente. En una imaginaria Liga mundial, Cataluña estaría ligeramente por encima de la media, más o menos en la posición 19 (por supuesto no nos clasificamos para el mundialito). En la Champions Europea quedaríamos en la posición 12. ¿Estaríamos contentos si el Barça se conformara en quedar eliminado en las primeras fases de la Champions League? Y si analizamos la Liga española, el Barça estaría por encima de la media de la tabla (¡qué bien!) y quedaríamos en la sexta posición, como el Celta de Vigo la temporada pasada (con todos los respetos para el Celta).

De hecho, lo más relevante no es la posición en la clasificación sino la distancia que nos separa de los líderes. Y esto es lo más preocupante: en cualquier de las comparaciones anteriores, Cataluña está muy lejos o lejos de los primeros puestos.

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Imagen: El Periódico

La verdad es que con esta analogía yo sería muy, muy prudente de hacer una lectura complaciente y mucho menos triunfalista de los resultados de PISA. Se ha de reconocer la mejora sobre el último informe, pero creo que el foco se tendría que poner en qué tenemos que continuar esforzándonos y mejorando para ofrecer la mejor educación y estar entre los “mejores”, porque nos queda muchísimo por hacer. Echo de menos escuchar propuestas y actuaciones, y eso que tenemos la “Llei 12/2009, d’Educació de Catalunya”, una buena norma con temas importantes pendientes de aplicar o desarrollar.

¿Es realista este objetivo? Es difícil compararnos con Singapur, número 1 de la clasificación (hay demasiadas diferencias culturales y sociales) o incluso con Finlandia (con una sociedad con una larga tradición de compromiso con la educación). Pero que quizás podemos coger de referencia a Estonia que ahora está en el top 3 de Europa del informe PISA. Un país con una renta per cápita un 40% inferior a la española, con 1.3 millones de habitantes, que hace 25 años era una república soviética con una lista interminable de deficiencias, en una situación similar a la España postdictadura de 1978, hace 38 años. Ahora es uno de los países más avanzados de Europa y del mundo en el impulso de la nueva sociedad digital y, curiosamente, también en los resultados de su sistema educativo. Parece que han sabido aprovechar muy bien el tiempo y sus escasos recursos.

Por cierto, yo soy de los que considero que es mucho más importante el futuro de nuestros hijos que un partido de fútbol. Da la sensación que los ciudadanos somos mucho más exigentes con los resultados de nuestro equipo de fútbol que con las políticas educativas y nuestros gobiernos. Así nos va.